Poco más adelante de las cebras, por la izquierda, se me cruza al trote este équido de aire mucho más discreto. A primera vista podría pasar por un burro cualquiera — la misma estampa gris parda, las mismas orejas largas — si no fuera porque, al fijarme en sus patas, descubro unas rayas horizontales oscuras que le suben desde los cascos, un eco menor de las cebras que acabo de dejar atrás. Es un asno salvaje de Somalia (Equus africanus somaliensis), y esas rayas en las patas son precisamente el rasgo que lo distingue de las demás subespecies de asno salvaje africano.
A diferencia del protagonismo que se lleva la cebra en cualquier fotografía de safari, este animal pasa casi inadvertido, y sin embargo su historia es mucho más urgente: es el équido más amenazado del planeta, con apenas unos 600 ejemplares sobreviviendo en estado salvaje, repartidos entre las zonas más áridas de Somalia, Somalilandia, Eritrea y la región de Afar en Etiopía. Vive en pequeños grupos familiares que se disuelven y se reencuentran según lo permitan el agua y el pasto escasos — una sociedad tan precaria como el territorio que la sostiene.
Y pese a su aspecto modesto, es un animal con una herencia enorme: se considera el antepasado directo de buena parte de los burros domésticos, incluidos los de la tradición italiana, que desde época romana descienden de esta misma subespecie. Lo que para nosotros es el animal de carga más familiar y menos glamuroso tiene, en su origen salvaje, el mismo porte elegante y las mismas rayas que acabamos de admirar en la cebra — solo que aquí, discretas, casi como un recuerdo borrado.
Me quedo pensando en eso mientras lo veo alejarse al trote: el animal más corriente de nuestro imaginario y el más escaso de la reserva resultan ser, en el fondo, el mismo linaje.
(Título y texto sugeridos por el modelo Sonnet 5 de Claude AI)
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Reserva Africana de Sigean, Francia.
