El chapuzón

El chapuzón

Seguimos en la laguna de las espátulas y, cómo no, encuentro a una dándose un buen chapuzón: las alas desplegadas, el agua salpicando en todas direcciones, y ese pico tan característico, aplanado y ensanchado en la punta, que le da nombre a la especie y que ahora mismo solo se dedica a agitarse en el agua.

Fuera del baño, ese pico es una herramienta de precisión sorprendente. La espátula caza sin necesidad de ver bien la presa: camina por aguas poco profundas y turbias con el pico entreabierto y sumergido, moviéndolo de lado a lado para remover el barro y el sedimento. A lo largo de toda esa superficie plana, no solo en la punta, tiene receptores sensibles capaces de detectar la más mínima vibración, y en cuanto algo roza el interior, el pico se cierra de golpe. Es, en esencia, un sistema de caza por tacto, perfectamente adaptado a un medio donde la vista apenas sirve de nada.

Mantener un instrumento tan delicado en condiciones no es gratis, y de ahí escenas como esta: el baño no es solo refrescarse, sino parte del mantenimiento constante del plumaje, que necesita estar limpio y bien alineado para aislar del frío y permitir el vuelo. Después de este chapuzón tan enérgico vendrá, seguramente, un buen rato de acicalado, repartiendo con el pico el aceite de la glándula uropigial por cada pluma.

Así que lo que parece puro alboroto —el agua volando por todas partes— es, en realidad, el mantenimiento rutinario de uno de los sentidos del tacto más refinados de toda esta laguna.

(Texto sugerido por una IA a partir del contenido de la fotografía y el contexto o historia que aporto, y revisados por mí.)
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Reserva Africana de Sigean, Francia.


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