Una reclusión compartida

Una reclusión compartida

Al fondo del recinto de la laguna de las espátulas hay un poste con varias estructuras a modo de nido, y sobre una de ellas descansa esta pareja que identifico, por el casquete moderado sobre el pico pálido y la piel rosada alrededor del ojo, como cálaos trompeteros (Bycanistes bucinator). El nombre les viene de su reclamo más característico, un “uah, uah, uah” repetido que recuerda al llanto de un bebé — se cree que ese casquete óseo que llevan sobre el pico no es solo adorno, sino que actúa como caja de resonancia, amplificando el sonido.

Pero lo verdaderamente llamativo de esta especie es cómo cría. Cuando llega el momento, la hembra se encierra en una cavidad y la sella casi por completo con pellets de barro regurgitado, dejando solo una rendija estrecha. Ahí dentro pone sus huevos, incuba, y permanece recluida hasta que los polluelos están listos para volar — unos 50 días en total —, mudando durante ese tiempo las plumas largas de la cola y de vuelo, con lo que queda, además, temporalmente incapaz de salir volando aunque quisiera. Durante todo ese encierro, es el macho quien le trae comida a través de la rendija, pieza a pieza, para ella y después para las crías.

Es una estrategia radical: la hembra se vuelve completamente dependiente de un solo proveedor durante semanas, y la pareja entera queda, en la práctica, unida por ese hilo estrecho de fruta pasada a través de un muro de barro.

Verlos ahora, posados juntos y tranquilos sobre el mismo poste, cuesta reconciliarlo con esa imagen de reclusión — pero quizás sea precisamente lo que les permite llegar hasta aquí, posados el uno junto al otro, sin necesidad de ninguna rendija de por medio.

(Título y texto sugeridos por una IA a partir del contenido de la fotografía y el contexto o historia que aporto, y revisados por mí.)
—
Reserva Africana de Sigean, Francia.


Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *