En la laguna de las espátulas fotografío un ave que se aleja de mí dándome la espalda, caminando despacio, paso a paso, por el camino de tierra. Es un avefría herrera (Vanellus armatus), fácilmente reconocible por ese capirote negro que le cubre la cabeza y la nuca, el pecho blanco y el dorso oscuro — y por la anilla amarilla en una de sus largas patas, señal de que alguien la tiene identificada y controlada.
El nombre español, “avefría herrera”, y el francés, “vanneau armé” (avefría armada), apuntan a dos rasgos muy distintos de la misma ave. El primero viene de su reclamo, un “tink, tink, tink” metálico y repetitivo que recuerda al golpe de un martillo de herrero sobre el yunque. El segundo se debe a un espolón afilado y oscuro que lleva en la articulación de cada ala, un arma de verdad que usa para defender a sus crías lanzándose en picado contra la cabeza de cualquier intruso que se acerque demasiado al nido — otras avefrías, jacanas africanas, o cualquier otro animal que se atreva a entrar en su territorio junto al agua.
Nada de eso se adivina, sin embargo, en esta imagen: un ave que se marcha tranquila, sin prisa ni amenaza, con esos pasos largos y pausados tan suyos. Herrera por el canto, armada por el ala, y aun así capaz de caminar así, de espaldas y en calma, como si hoy no tuviera nada que defender.
(Título y texto sugeridos por una IA a partir del contenido de la fotografía y el contexto o historia que aporto, y revisados por mí.)
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Reserva Africana de Sigean, Francia.
