Entre los arbustos de la laguna de las espátulas algo se mueve, y de pronto aparece: una cresta roja erguida sobre la cabeza, la cara blanca, el pico amarillo, y un cuerpo que alterna el gris ceniza del cuello con un verde y un azul metálicos que parecen pintados con otra tecnología. Lo primero que pienso, antes de buscar el nombre, es que tiene aspecto de pequeño dinosaurio emplumado, de esos que ahora vemos reconstruidos con plumas en vez de escamas.
Se trata, casi con toda seguridad, de un turaco de mejillas blancas (Tauraco leucotis, también clasificado como Menelikornis leucotis), originario de las tierras altas de Etiopía y Eritrea. Su color no es casualidad ni truco de la luz: los turacos son las únicas aves conocidas que fabrican su propio pigmento verde, la turacoverdina, un compuesto exclusivo de esta familia que ningún otro pájaro posee. El rojo de sus plumas, cuando lo tienen, procede de otro pigmento igual de singular, la turacina. Y no es la única rareza de la familia: los pollos de turaco nacen con una garra funcional en cada ala, que usan para trepar entre las ramas del nido antes de poder volar.
Pensándolo mejor, el parecido no es tanto con un dinosaurio cualquiera como con uno de los paravianos emplumados más próximos al origen de las aves: Anchiornis huxleyi, que vivió hace unos 160 millones de años en lo que hoy es China. Gracias a los melanosomas fosilizados en sus plumas, los paleontólogos reconstruyeron por primera vez el color real de un animal prehistórico, y descubrieron que Anchiornis lucía una cresta de plumas rojizas en forma de cresta de gallo sobre un cuerpo gris y unas alas blancas moteadas de negro. Y las coincidencias no acaban en el color: sus manos, en el extremo de unos brazos que ya empezaban a parecerse a alas, terminaban en garras curvas que, según los paleontólogos, pudieron servirle para trepar a los árboles — el mismo gesto que hoy repite, sin saberlo, un polluelo de turaco.
Entre ambos median ciento sesenta millones de años, pero el mismo gesto se repite dos veces: una garra que trepa, una cabeza que se corona de rojo. En un caso hubo que leerlo en la piedra; en el otro sigue vivo, agazapado entre las hojas de una reserva francesa, esperando a que alguien lo reconozca.
(Título y texto sugeridos por una IA a partir del contenido de la fotografía y el contexto o historia que aporto, y revisados por mí.)
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Reserva Africana de Sigean, Francia.
