Alboroto en la siesta rosa

Alboroto en la siesta rosa

Salimos del recinto de la laguna de las espátulas y llegamos a la orilla del Estanque del Oeil de Ca, donde se amontona una colonia entera de flamencos. La imagen es casi hipnótica: decenas de cuerpos rosados, casi idénticos, con la cabeza escondida bajo el ala en ese sueño colectivo tan característico de la especie. Y justo en el centro, rompiendo la uniformidad, dos cuellos se cruzan y dos picos se acercan, como si discutieran algo que al resto no le importa lo más mínimo.

Es un flamenco común o flamenco rosado (Phoenicopterus roseus), y ese rosa que lo define no es solo cuestión de dieta. El color de base procede de los carotenoides que obtiene de los invertebrados acuáticos que come, pero el ave además retoca el resultado: durante la época de cría, se unta el plumaje con secreciones de su glándula uropigial, cargadas de los mismos pigmentos, en lo que los etólogos no dudan en llamar directamente “maquillaje”. El rosa que vemos no es solo el que come, sino también, en parte, el que se aplica.

No puedo asegurar si lo que capté es un amago de pelea por espacio en un grupo tan apretado o un fragmento de alguno de los rituales de cortejo que esta especie despliega en plena masa, mezclando sexos sin orden aparente — el llamado head-flagging, en el que el gesto arranca entre los individuos más altos y rosados y acaba contagiando a los vecinos. Lo que sí se sabe es que estos flamencos no mantienen pareja de una temporada a otra, así que cada primavera el cortejo vuelve a empezar de cero, y que la complejidad del despliegue aumenta con la edad hasta los veinte años, como si el gesto fuera también una forma de anunciar experiencia.

Discusión o cortejo, lo cierto es que entre tanto sueño rosado sincronizado, solo dos han decidido seguir despiertos.

(Título y texto sugeridos por una IA a partir del contenido de la fotografía y el contexto o historia que aporto, y revisados por mí.)
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Reserva Africana de Sigean, Francia.


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