Frente al estanque donde se amontonan los flamencos hay un pequeño recinto con antílopes, y en él una hembra de pelaje rojizo y finas rayas blancas verticales se acerca a comer algo del suelo, con las orejas grandes bien erguidas y esa raya blanca entre los ojos que le da un aire casi de máscara. Me mira de frente, sin prisa, mientras agacha la cabeza.
Es una nyala (Tragelaphus angasii), y lo primero que llama la atención es que, de no conocer la especie, nadie diría que esta hembra y un macho adulto pertenecen al mismo animal. El dimorfismo sexual de la nyala es de los más marcados entre los bóvidos: el macho pesa casi el doble que ella, puede llegar a 1,20 m de alzada frente a los 0,80 m de la hembra, luce un pelaje oscuro, casi gris pizarra, y unas cuernas en espiral imponentes — mientras que ella, como todas las hembras de la especie, no tiene cuernos y conserva ese tono rufo y leonado, con más de diez rayas blancas en el costado, que la camufla entre la maleza como a un cervatillo.
Y es precisamente el camuflaje lo que define su carácter: las nyalas son animales tímidos y cautelosos, que pasan buena parte del tiempo ocultas entre la vegetación y solo se dejan ver con claridad cerca del agua. Cuando algo las alarma, la hembra lanza un ladrido corto y agudo, casi de perro, para avisar al resto del grupo — grupos pequeños, de dos a diez hembras, que suelen mantenerse cerca de sus madres mientras los machos adultos prefieren la soledad.
Aquí, sin manada que avisar ni maleza donde esconderse, esta nyala se deja fotografiar con una tranquilidad que contradice todo lo que se sabe de ella. Quizá sea solo el suelo pelado de un recinto lo que delata a un animal hecho, en origen, para no ser visto.
(Título y texto sugeridos por una IA a partir del contenido de la fotografía y el contexto o historia que aporto, y revisados por mí.)
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Reserva Africana de Sigean, Francia.
