Volvemos a mirar hacia el Estanque del Oeil de Ca y a su colonia de flamencos, y entre el bosque de cuellos blancos y patas rosadas vuelve a destacar uno, aunque esta vez no por ningún gesto, sino por su color: un ejemplar de plumaje gris pardo, con el pico y las patas del mismo tono apagado, que camina entre sus congéneres como si se hubiera colado en la foto desde otra especie.
No lo es, claro. Es un flamenco común (Phoenicopterus roseus) joven, y su gris no es un defecto ni una rareza, sino simplemente el principio del camino. El rosa del flamenco adulto no viene incorporado de serie: se construye con la dieta, a base de los pigmentos carotenoides que el ave obtiene de las algas y los pequeños crustáceos que come, y que va depositando poco a poco en sus plumas. Un pollo nace blanquecino y gris, con el pico recto, y tarda alrededor de dos años en acumular suficiente pigmento como para lucir el rosa intenso de un adulto — el mismo tiempo que tarda ese pico en completar su característica curvatura hacia abajo.
Lo llamativo es que ese proceso coincide exactamente con lo que contaba en el post anterior sobre el “maquillaje” de las secreciones de la glándula uropigial: los adultos, además de comer su color, se lo retocan activamente durante la época de cría. Este joven, en cambio, todavía no tiene nada que retocar — ni el pigmento de base ni la costumbre de aplicárselo. Sus patas y su pico, grisáceos en vez de rosas con la punta negra, delatan justamente eso: un animal que aún no ha tenido tiempo de comer lo suficiente como para teñirse.
Así que, en medio de tanto plumaje ya terminado, este flamenco es el único boceto: la promesa de un color que todavía está por llegar.
(Título y texto sugeridos por una IA a partir del contenido de la fotografía y el contexto o historia que aporto, y revisados por mí.)
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Reserva Africana de Sigean, Francia.
