La orilla del Estanque del Oeil de Ca la comparten dos colonias que no podrían ser más distintas, y sin embargo conviven sin roce aparente: a la izquierda, el amontonamiento rosado de los flamencos, pegados al agua; a la derecha, un grupo de pelícanos de plumaje gris, repartidos sobre la grava seca. Entre ambos queda un espacio vacío, una franja de terreno que ninguno de los dos cruza, como si existiera una frontera invisible pero perfectamente respetada.
Los pelícanos son, con bastante probabilidad, pelícanos rosados (Pelecanus rufescens), reconocibles por ese plumaje gris y blanco —muy distinto del blanco intenso del pelícano común— con apenas un leve tinte rosado en el dorso que nunca llega a competir con el de un flamenco, y un pico amarillo rematado en una bolsa gular grisácea. Son también, pese al aire pesado y algo torpe que tienen en tierra, mucho más pequeños que su pariente más conocido, el pelícano común, también presente en Sigean.
La paz entre ambas especies tiene, probablemente, una explicación menos poética de lo que parece: no compiten por el mismo alimento. El flamenco filtra algas e invertebrados del fango con el pico invertido; el pelícano necesita peces enteros, que caza en el agua y transporta en esa misma bolsa que lleva bajo el pico. En la naturaleza, de hecho, el pelícano no es precisamente un vecino pacífico — es capaz de robarle la presa a otras aves sin ningún pudor —, pero aquí, donde la comida llega puntual de manos de los cuidadores, ese instinto parece quedar en suspenso.
Así que lo que vemos no es necesariamente buena vecindad, sino, más bien, dos especies que simplemente no tienen motivos para discutir — y que, a falta de motivos, han decidido guardar las distancias de todos modos.
(Texto sugerido por una IA a partir del contenido de la fotografía y el contexto o historia que aporto, y revisado por mí.)
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Reserva Africana de Sigean, Francia.
