La caravana de coches va cada vez más despacio, señal inequívoca de que algo interesante espera más adelante. Y ahí está: a lo lejos, a la derecha, unas formas doradas tumbadas plácidamente en la hierba, junto al agua, a la sombra de los árboles. Parece una siesta, y no lo parece por casualidad — todavía no son las once de la mañana y ya aprieta el calor en la reserva.
Sin melena visible en ninguno de los cuerpos que se distinguen, son leonas. Y su inmovilidad tiene una explicación muy precisa: un león puede pasar hasta veinte horas al día descansando, y reserva la actividad para después del atardecer y, sobre todo, para el amanecer, que es cuando caza con más frecuencia. Las horas centrales del día, con el sol ya alto, son exactamente las que toca evitar — a la sombra, cerca del agua, inmóviles.
Además, lo más probable es que esta escena sea más doméstica de lo que parece a primera vista: las leonas son el núcleo estable de la manada, permanecen juntas de por vida mientras los machos van y vienen, y cazan en grupo de forma coordinada. Verlas descansar varias juntas, pegadas unas a otras entre la vegetación, no es un encuentro extraordinario sino la rutina de cada mediodía.
Así que, después de antílopes, cebras, jirafas, osos y garzas, el animal que da nombre a esta reserva —y a todo un tópico, el «rey de la selva»— resulta ser, a esta hora, el menos majestuoso y el menos visible de todos: una forma dorada medio tragada por la hierba, durmiendo la mañana como con gusto haría cualquiera de los que van, muy despacio, dentro de los coches.
(Título y texto sugeridos por el modelo Sonnet 5 de Claude AI)
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Reserva Africana de Sigean, Francia.
