Seguimos en el territorio de los leones sin haber visto todavía ninguno. Si a la izquierda habían sido las gaviotas posadas en la alambrada, ahora a la derecha aparece una garza en lo más alto de un árbol, el cuello estirado hacia arriba. Desde el asiento del conductor es imposible decidir si es una garza real o una garza imperial — ambas comparten silueta, tamaño y ese aire de centinela inmóvil. Más abajo, entre las ramas, se adivina un nido, y solo al ampliar la foto en el ordenador aparece el detalle que faltaba: otra garza asomando parcialmente el cuerpo por el borde, medio oculta por el ramaje.
Y es precisamente ese detalle el que resuelve la duda — no el plumaje, sino el lugar elegido. La garza imperial apenas se posa en árboles: prefiere carrizales, cañaverales y matorral bajo, cerca del suelo, y cuando cría lo hace oculta entre la vegetación, no en lo alto de una copa. La garza real, en cambio, anida en colonias — las llamadas garcerías —, con varios nidos por árbol, a menudo bastante elevados, entre febrero y junio. Un nido de palos a media altura de un tamarisco, con una segunda garza asomando desde el borde, encaja mucho mejor con la real que con la imperial. La duda que no resolvía el plumaje la resuelve, sin margen, la geografía del propio nido.
Así que mientras el coche sigue buscando leones sin encontrarlos, hay ya sobre nuestras cabezas una escena doméstica resuelta desde hace tiempo: una pareja de garzas criando en lo alto de un árbol que ni siquiera forma parte del elenco africano de la reserva, ajena por completo a que alguien, más abajo, siga esperando ver algo con melena.
(Título y texto sugeridos por el modelo Sonnet 5 de Claude AI)
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Reserva Africana de Sigean, Francia.
