Dejamos atrás el territorio de los leones y entramos en el de la sabana africana, y el primer animal que aparece es el gran rinoceronte blanco (Ceratotherium simum) — se reconoce enseguida por ese labio ancho y recto, perfecto para arrancar hierba a ras de suelo, muy distinto del labio puntiagudo y prensil de su primo el rinoceronte negro, adaptado a ramonear arbustos. Primero encontramos un grupo olisqueando unos montones de sus propios excrementos con evidente interés; después, esta pareja, ya con un comportamiento más discreto, pastando codo con codo.
Lo que parecía un detalle escatológico es en realidad la escena más social de todo el recorrido. Los rinocerontes blancos comparten letrinas comunales —auténticos montículos de varios metros de ancho— que funcionan como un tablón de anuncios químico: en el excremento queda codificada la edad, el sexo, el estado reproductivo y hasta la salud de quien lo dejó. Los machos dominantes, en particular, dedican mucho más tiempo a olisquear cuando detectan el rastro de una hembra en celo. Es, en cierto modo, la red social de la manada, y explica por qué esta especie —más gregaria que otros rinocerontes— puede mantener a sus miembros informados unos de otros sin necesidad de enfrentarse cada vez que se cruzan.
La pareja que pasta tranquila, en cambio, ya no necesita el tablón: se conocen, y el mismo labio recto que comparten los dedica ahora a lo de siempre, arrancar hierba seca del suelo sin levantar apenas la cabeza.
Verlos así, indiferentes y a salvo tras la valla, tiene un reverso incómodo. Esta es la subespecie sureña, la que cuenta con más de veinte mil ejemplares en libertad; su prima del norte, Ceratotherium simum cottoni, fue declarada funcionalmente extinta tras la muerte del último macho en 2018, y hoy sobreviven solo dos hembras, Najin y Fatu, bajo vigilancia armada en Kenia, con toda la esperanza de la subespecie depositada en un programa de fecundación in vitro que intenta, contra todo pronóstico, devolverle un futuro. Esta pareja que pasta despacio en Sigean es, sin saberlo, la mitad afortunada de una misma historia.
(Título y texto sugeridos por el modelo Sonnet 5 de Claude AI)
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Reserva Africana de Sigean, Francia.
