Después de los rinocerontes me encuentro una avestruz enorme, plantada justo en medio del camino, con los ojos cerrados. Tan quieta está que me obliga a desviarme para rodearla, y aprovecho para parar un momento y hacerle este retrato. De cerca, lo que más llama la atención no es el tamaño del animal sino la longitud de sus pestañas.
Y no es casualidad que sean tan vistosas: el ojo de la avestruz es el más grande de cualquier ave o animal terrestre, con un diámetro que puede rozar los cinco centímetros — más grande, de hecho, que su propio cerebro. Es una adaptación pensada para la sabana abierta, donde detectar a un depredador a mucha distancia importa más que procesar la información con demasiada sofisticación. Esas pestañas tan largas no son pelo, como las nuestras, sino plumas modificadas, y cumplen la función de proteger un ojo tan expuesto y tan valioso del sol, el polvo y la arena que levanta el viento en terreno despejado.
Verla ahí, inmóvil y con los ojos cerrados, invita inevitablemente al tópico: el avestruz que esconde la cabeza en la arena para no ver el peligro. Es un mito con casi dos mil años de antigüedad — se remonta a Plinio el Viejo, que ya en el siglo I escribió que estas aves creían que, al ocultar la cabeza, escondían el cuerpo entero. La realidad es la contraria: la avestruz que se siente amenazada corre, y puede superar los 60 km/h; solo cuando no puede huir se tumba y estira el cuello a ras de suelo para camuflarse, nunca para dejar de mirar.
Así que esta avestruz, plantada en medio del camino con los párpados cerrados sobre esas pestañas larguísimas, no está huyendo de nada ni escondiéndose de nadie — simplemente descansa la vista, ajena por completo al coche que ha tenido que apartarse de su camino para dejarla en paz.
(Título y texto sugeridos por el modelo Sonnet 5 de Claude AI)
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Reserva Africana de Sigean, Francia.
