El sello de la sabana


Las springboks han cruzado el camino y ahora pastan en lo alto de un pequeño promontorio, al otro lado del coche. Con la ventanilla bajada desaparece el filtro azulado del cristal tintado que había teñido las fotos anteriores, y el enfoque es, por fin, perfecto — tanto que al ampliar la imagen aparece un detalle

El ausente


No muy lejos de la escena entre las springboks y los antílopes acuáticos, pastando solo, ajeno por completo al jaleo, hay un ñu azul. Tiene algo de animal compuesto por partes que no acaban de pertenecerse: cabeza pesada y bovina, cuernos curvados —presentes en machos y hembras—, una crin oscura y erizada que le cae

Vecinos sin manual


El grupo de springboks terminó alcanzando al de los antílopes acuáticos, y ahí ocurrió esto: uno de ellos se apartó de golpe, se irguió sobre las patas traseras y trató de montar a uno de los kobos. Fue cuestión de un segundo — disparar con teleobjetivo desde un coche en marcha no perdona, y la

Nombrado por el agua


Unos metros por delante de las springboks caminan, indiferentes al motor del coche, tres antílopes de complexión mucho más recia: pelaje pardo grisáceo y largo, casi hirsuto en el cuello, y un porte pesado que contrasta con la ligereza nerviosa de las gacelas que acabamos de dejar atrás. El que encabeza la fila luce un

El salto que les da nombre


Cuando el coche dobla la curva siguiente a la cebra de Grévy, un grupo de springboks (o gacelas saltarinas) cruza el camino al galope, levantando el polvo seco de la sabana. Sus lomos de un marrón rojizo contrastan con el vientre y los flancos blancos, separados por una franja oscura que recorre el cuerpo desde

Rayas en fuga


Unas zonas más allá de donde el abejaruco me dio la bienvenida, el camino se abre a una explanada seca donde pasta, ajena al desfile de coches, una cebra de Grévy. Basta un vistazo para distinguirla de la cebra común que uno imagina de manual: sus rayas son mucho más finas y apretadas, casi un

Bienvenida al safari


Después de una larga temporada recorriendo los países bálticos, el blog cambia de rumbo: toca dejar atrás las calles empedradas y los castillos del norte de Europa para adentrarse en una nueva serie dedicada a la fauna, con parada en la Reserva Africana de Sigean. Este parque, abierto en 1974 en el departamento francés del

Punto y final


El avión ya rueda por la pista, con el ala recortada contra un cielo gris cargado de nubes bajas. Al otro lado de la valla, un pueblo cubierto de nieve —tejados blancos, un coche circulando despacio, algún árbol de hoja perenne resistiendo el frío— se desliza lentamente por la ventanilla mientras el avión coge velocidad.

Un contratiempo


Desde la ventanilla, ya sentados con el cinturón abrochado, vemos cómo un camión Volvo de la empresa Litcargus se acerca con su brazo articulado extendido hasta lo alto. En la cesta, un operario con chaleco reflectante rocía las alas de nuestro avión con líquido anticongelante, en una nube de vapor que se mezcla con la

Últimos pasos en suelo báltico


La cola avanza despacio hacia la escalerilla trasera del Ryanair 9H-QAZ, entre restos de nieve sucia y charcos en la pista. Mochilas, maletas de cabina, abrigos gruesos que ya no hará falta llevar puestos dentro de un rato: la fila de pasajeros, con una torre de iluminación y árboles desnudos al fondo, resume ese instante